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El estress y los niños PDF Imprimir E-Mail

Aterrizamos en casa exhaustos, y sin apenas tiempo para cambiar de "chip" tenemos que acometer la parte más dura de la "doble jornada". Nos flaquean las piernas y las neuronas. Lo único que deseamos es que llegue el momento de meternos en la cama.

Hablo sobre todo por "ellas", sufridas madres trabajadoras. La psicóloga Georgia Witkin habla del "síndrome de estrés femenino", que sería una mezcla del consabido estrés laboral y de la "quemazón" del ama de casa (aislamiento, claustrofobia, baja autoestima). La socióloga Arlie Russell Hochschild ha detectado incluso un curioso fenómeno, mantenido hasta ahora en secreto: miles de mujeres utilizan la oficina como escapatoria y prolongan intencionadamente su jornada laboral por no enfrentarse al infierno que les espera en casa. Trabajo, dulce trabajo.

Los hombres también padecemos ciertas dosis de estrés familiar: nuestra falta de paciencia -y el profundo desconocimiento del "oficio"- nos hace mucho más proclives a reacciones de ira y agresividad que a menudo pagamos con los hijos, programados para ponernos todos los días en situación límite.

Y qué decir de las discusiones por cuenta de las faenas domésticas, de la perpetua crisis en la pareja, de las tensiones que todos los días estallan puntualmente a primera hora de la mañana y a la caída de la tarde, de las 500 horas de sueño que se calcula perdemos los padres novatos durante el primer año de desvelos, que no será el último...

Aquí tenemos pues a "la familia neurótica de nuestros días" (como titulaba ya un libro visionario en los años sesenta), enfrentada a sus propios fantasmas y a los que esperan agazapados detrás de las puertas.


El primero de todos ellos: la soga del tiempo. Según un reciente estudio de la Universidad de Michigan, los niños americanos -marcando la pauta al resto del planeta- han visto disminuir su tiempo libre de un 40% a un 25% en la última década. Por si fuera poco, les están robando ya hasta la media hora de recreo, por aquello de mejorar el rendimiento académico (una tendencia preocupante que ha empezado a tomar cuerpo en los cinco últimos años).

El niño "modelo" de este trepidante principio de siglo se llama Steve Guzmán y se cae de la cama a las seis de la mañana. Desayuna en cinco minutos, se pasa una hora en autobús. De ocho a tres, en el cole. Otra hora en autobús. Deberes. Más deberes, que pronto habrá que hacerlos por ordenador y enviarlos sin falta por e-mail esa misma noche. Ya no queda tiempo ni para ver la tele. Clases particulares, también los sábados. Por fin el domingo: un rato libre para quedar con los amigos en el centro comercial. Aunque hay que recoger pronto porque el lunes toca examen. Y así una semana, y otra, y otra.

"Y encima nos quejamos porque les dan la semana blanca de vacaciones y no sabemos qué hacer con ellos", se lamenta el psicólogo Juan J. Miguel Tobal, presidente de la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y del Estrés. "Los niños de hoy en día se enfrentan a un problema gravísimo: no tienen tiempo para ser niños. Desde que nacen, les embarcamos en nuestra dinámica de adultos, programamos sus jornadas para adaptarlas a las nuestras, no les dejamos jugar a sus anchas ni curiosear".

 


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