Salud
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El estress y los niños | El estress y los niños |
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Página 5 de 6 Carmen tiene una hija de nueve años que se estuvo quejando de frecuentes dolores de estómago. De ahí pasó a desvelarse por la noches y a mostrar una creciente desgana. Se refugió en el silencio; tardó varios meses en confesar que la raíz de sus males estaba en el colegio, y sobre todo en un profesor, que más de una vez la ridiculizó por su ignorancia ante sus compañeras. Con el cambio de escuela, la niña ha recobrado el aliento vital y se ha vuelto a asomar al mundo con la alegría de antes. Carmen respira aliviada, aunque no acaba de explicarse cómo tardó tanto tiempo en percatarse del estrés que estuvo a punto de arruinar la salud física y mental de su hija. Oscar, el hijo de Laura y Antonio, se pasa siete horas diarias en la guardería. Su padre, periodista, apenas le ve durante la semana, y de algún modo se siente en deuda. Por eso decide llevarle a clase de natación los sábados y los domingos. A Oscar, que chapoteaba como un pez, empieza a darle miedo el agua. Los ataques de pánico se reproducen cuando se avecina la hora de la piscina. Antonio se da cuenta y renuncia: bastante tiene el chaval con la "jornada" diaria. A veces nos olvidamos que, también ellos, se merecen descansar los fines de semana. Pilar sabe que el estrés maternal se contagia, y que sus hijos de seis y tres años empezarán a comportarse mal si la notan nerviosa. "La teoría me la sé; lo difícil es llevarla a la práctica", dice. El estrés que entra en su casa estalla de forma inmediata... y de la misma manera se va: "Aunque se instale durante unos minutos el caos, siempre encontramos un modo de capear el temporal". A veces, lo que mejor funciona es los momentos críticos es la ruptura: unas carreras por el pasillo, la pausa del baño, un juego predilecto que actúa como resorte en la imaginación del niño. En ocasiones, lo ideal es embarcarnos con él en una suerte de flujo: cantar a dúo una canción, poner a toda la familia a bailar, o convertir en pequeños rituales las faenas domésticas. Conozco un amigo con tres hijos que hace venir a casa a una profesora de yoga dos veces por semana; esos momentos se han convertido para ellos en un rompeolas del que salen tremendamente relajados y fortalecidos. La intuición -y la experiencia- me dice que la mejor forma de prevenir el estrés de los niños es trabajando primero en nosotros mismos como padres. Si no somos capaces de dejar atrás preocupaciones y agobios, si no podemos aterrizar con ellos en el momento presente, difícilmente captaremos sus señales. No se trata de doblar el espinazo y someterse a la implacable tiranía infantil, sino de ser más receptivo y no acabar atrapados con ellos en el mismo callejón sin salida. Simplificar nuestros hábitos es también otra manera de protegerse. El "silencio electrónico" debería ser obligatorio en esos hogares con dos o tres televisiones, consola de vídeojuegos, ordenador, estéreo, "walkman", teléfonos, móviles y juguetes que lo llenan todo de ruido. Habría que "blindar" nuestras casas contra el estrés y convetirlas en remansos de paz, frente al ritmo impetuoso de la vida moderna. |
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